19 - La Iglesia como banquete de paz

 


19 - La Iglesia como banquete de paz

La mesa visible del Reino

"Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado: que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo, que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí." — 1 Corintios 11:23–24

"Bienaventurados los que son llamados a la cena de las bodas del Cordero." — Apocalipsis 19:9


La comunión que precede a la reunión

Hay un error que se repite con notable consistencia, y que deforma todo lo que toca: imaginar que la comunión nace de la reunión. Que el pueblo se constituye por el hecho de congregarse. Que la mesa existe porque los comensales decidieron sentarse juntos. Que la iglesia es la que produce la comunión y que después celebra.

La lógica del Nuevo Pacto va en dirección exactamente contraria.

La comunión no es el producto de la reunión. Es su fundamento. Cuando dos creyentes se reconocen como hermanos —sean de culturas opuestas, temperamentos incompatibles o historias irreconciliables desde la perspectiva humana— no están construyendo una relación que antes no existía. Están descubriendo una realidad que el Espíritu ya estableció en ambos antes de que se conocieran. Fueron sentados a la misma mesa por el mismo Anfitrión antes de que tuvieran oportunidad de elegirse mutuamente.

Esto no es una metáfora devocional. Es una afirmación estructural sobre la naturaleza de la iglesia que Pablo articula con precisión en Efesios 2: Cristo derribó el muro de separación entre judíos y gentiles y creó "en sí mismo un solo y nuevo hombre" (Efesios 2:15). No los unió como aliados que deciden cooperar. Los creó como una nueva humanidad. El vínculo no nació del acuerdo; nació del Nuevo Pacto. Y porque nació del Nuevo Pacto, precede a cualquier reunión que lo exprese.

Toda la vida visible de la iglesia —la Cena del Señor, la hospitalidad, la reconciliación, la misión— es expresión de una comunión que ya existe en Cristo (que tiene como origen el Nuevo Pacto), no producción de una comunión que todavía debe fabricarse. Ese orden lo cambia todo: determina qué esperamos de la reunión, qué hacemos cuando falla, por qué la mesa no puede ser propiedad de nadie y por qué excluir a quien ha sido recibido en Cristo es algo más grave que una falla de cortesía.


I. Lo que la Cena anuncia: 1 Corintios 10–11

Para entender qué anuncia, proclama y demanda la Cena del Señor —y qué no produce—, es necesario leer los dos capítulos donde Pablo la trata con mayor extensión. No son capítulos de instrucción litúrgica en sentido abstracto; son capítulos de corrección pastoral. Y la corrección de Pablo revela, en negativo, exactamente lo que la Cena debe manifestar: no una comunión creada por el ritual, sino una comunión ya establecida por Cristo y ahora hecha visible en la vida concreta de la iglesia.

En 1 Corintios 10:16–17, la afirmación es densa: “La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo? Siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo; pues todos participamos de aquel mismo pan”.

El verbo griego koinōnia[1] —comunión, participación— aparece dos veces en el versículo 16 y define la realidad que la Cena hace visible: la participación de cada uno de los integrantes del pueblo del Nuevo Pacto en el cuerpo y la sangre de Cristo. Pero esa participación no comienza en el acto ritual. La Cena la confiesa, la representa y la proclama públicamente. El pan compartido manifiesta visiblemente al cuerpo que ya existe en Cristo; no lo constituye desde cero; el Nuevo Pacto lo constituyó.

El pan que se parte no crea el cuerpo; lo declara. La copa que se comparte no inaugura el pacto; proclama el pacto ya inaugurado por la sangre de Cristo. Esta distinción no minimiza la Cena; al contrario, la coloca en su lugar correcto dentro de la economía del Nuevo Pacto: como señal visible de una realidad interna ya concedida.

Desde la conversión, el creyente ya ha sido sentado a la Mesa del Señor; la Cena no produce esa comunión, sino que la anuncia, la recuerda, la visibiliza y la exige comunitariamente. Pero precisamente porque es señal, su integridad y coherencia dependen de que la vida visible de la iglesia corresponda a la realidad que proclama. Una señal que anuncia comunión mientras practica exclusión, humillación o desprecio se convierte en acusación contra quienes la celebran.

Por eso lo que sigue en 1 Corintios 11 es tan devastador.

Pablo llega a saber acerca de cómo se practica la Cena del Señor en Corinto y encuentra que las reuniones de la iglesia no son para bien, sino para mal (11:17). Lo que está ocurriendo no es una falla menor de protocolo; es una contradicción interna que destruye el sentido de lo que celebran.

"Cuando os reunís, pues, no es posible comer la cena del Señor. Porque al comer, cada uno se adelanta a tomar su propia cena; y uno tiene hambre, y otro se embriaga" (11:20–21).

La descripción que Pablo da de la práctica corintia exige su contexto social. Las comidas en el mundo grecorromano no eran igualitarias[2]. Los anfitriones servían mejor comida y más abundante a los invitados de mayor estatus, mientras los de menor rango —esclavos, artesanos, dependientes— recibían porciones inferiores o llegaban cuando la comida ya había terminado. Esa era la norma social aceptada.

Lo que estaba ocurriendo en Corinto es que la iglesia había importado esa norma social al interior de la Cena del Señor.

Pablo pregunta con una dureza que no admite suavizarse: "¿No tenéis casas en que comáis y bebáis? ¿O menospreciáis la iglesia de Dios, y avergonzáis a los que no tienen nada?" (11:22). La palabra "avergonzar" aquí es kataischynō: cubrir de vergüenza, humillar públicamente. Los pobres de la congregación estaban siendo humillados en el acto mismo que debía proclamar la comunión que Cristo estableció sin distinción de estatus.

El problema no era que la comida estuviera mal administrada. El problema era que la práctica contradecía directamente la realidad que la Cena del Señor proclama: que todos los que están y son en Cristo han sido sentados a la misma mesa por el mismo Anfitrión, sin que el estatus social determine la calidad de la bienvenida. Celebrar la Cena del Señor mientras se reproduce la jerarquía del mundo no es una inconsistencia menor.

Es, en palabras de Pablo, "no discernir el cuerpo del Señor" (11:29) —no reconocer que el cuerpo de Cristo incluye a aquel al que se está avergonzando.

Aquí está la advertencia más concreta del Nuevo Testamento sobre la incoherencia entre la Cena y la vida comunitaria: la Cena acusa cuando la conducta la contradice. El ritual denuncia al que lo celebra sin vivir lo que anuncia.


II. Una familia de los que estaban lejos

La exégesis de 1 Corintios 11 no es solo una advertencia negativa. Es también, en su corrección, una descripción positiva de lo que la Mesa del Señor es: el lugar donde la nueva humanidad creada en Cristo Jesús se hace visible en su diversidad reconciliada.

Pablo describe esa nueva humanidad en Efesios 2:11–22 con una extensión que muestra cuánto le importa. Los gentiles, que estaban "sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo" (2:12), han sido "hechos cercanos por la sangre de Cristo" (2:13). El muro —la barrera de separación— fue demolido en su cuerpo. No negociado. No suavizado. Demolido.

Y lo que surgió de esa demolición no fue una coalición de grupos que aprenden a tolerarse. Fue algo nuevo: "un solo y nuevo hombre" (2:15), "un cuerpo" (2:16), "conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios" (2:19). La distancia más profunda que existía en el mundo antiguo —entre el pueblo del antiguo pacto y los que estaban fuera de él— fue cruzada en Cristo. Si esa distancia fue cruzada, ninguna distancia humana tiene derecho a reinstaurarse ocupando el lugar de la Mesa del Señor.

Esta realidad tiene consecuencias concretas para cualquier congregación local. La iglesia no existe para reunir a los que se habrían elegido mutuamente de todas formas —los que comparten clase social, origen étnico, temperamento, estilo cultural o historia similar. Esas congregaciones pueden ser cómodas, pero no son todavía la señal que Cristo quiso que su pueblo fuera.

La señal es una comunidad donde personas que el mundo separaría con naturalidad han sido sentadas a la misma mesa por quien tiene autoridad para hacerlo.

Esto no ocurre automáticamente ni sin costo. La proximidad de personas diferentes genera fricción real. Las diferencias de clase, cultura y temperamento producen malentendidos. La historia compartida entre ciertos grupos carga con heridas que no desaparecen por el solo hecho de estar en el mismo edificio.

La reconciliación que Cristo inauguró ha de reflejarse en la comunidad; se ha de practicar, se ha de trabajar, se ha de conversar, aunque sea difícil, y aplicar el mismo perdón costoso que Cristo nos aplicó.

Pero el fundamento es sólido: la paz ya fue hecha. No está siendo negociada; está siendo recibida y expresada. La iglesia no produce la reconciliación —Cristo la produjo. La iglesia aprende a vivir dentro de ella. Y esa diferencia —entre producir y habitar— es la que hace posible el realismo sin desesperación: cuando la convivencia es difícil, no significa que la comunión haya fracasado. Significa que todavía estamos aprendiendo a vivir dentro de lo que ya es verdad.


III. La hospitalidad como exégesis visible del evangelio

Si la Cena del Señor es el ritual que concentra la expresión del significado de la comunión del Nuevo Pacto, la hospitalidad es su extensión cotidiana. No son dos cosas distintas; son la misma realidad operando en diferentes escalas de tiempo y espacio.

Hebreos 13:1–2 conecta estas dos dimensiones con una precisión que merece atención: "Permanezca el amor fraternal. No os olvidéis de la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles." El mandato no es solo recordar ser amables con los extraños. El trasfondo del texto —la referencia a Abraham y a los mensajeros divinos en Génesis 18— señala hacia algo más profundo: la hospitalidad abre el espacio para que la presencia de Dios tome forma concreta en la vida ordinaria.

El extraño recibido puede ser portador de más de lo que parece.

Pero la hospitalidad del Nuevo Pacto tiene una lógica particular que Jesús enuncia con provocación deliberada en Lucas 14:12–14:

"Cuando hagas comida o cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a vecinos ricos; no sea que ellos a su vez te vuelvan a convidar, y seas recompensado. Mas cuando hagas banquete, llama a los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos; y serás bienaventurado; porque ellos no te pueden recompensar."

La lógica del mundo organiza la hospitalidad como intercambio: se invita y se recibe a quien puede devolver la invitación. La lógica del Nuevo Pacto la organiza como don: se invita a quien no puede devolver nada, precisamente porque la mesa no existe para producir beneficio al anfitrión, sino para reflejar la generosidad del Padre que nos recibió cuando éramos enemigos.

Esto tiene implicaciones directas para la vida de la congregación local. La hospitalidad eclesial no puede reducirse a recibir únicamente a quienes encajan de manera natural con la comunidad: aquellos que comparten un perfil semejante, una historia compatible o un temperamento familiar.

La pregunta que cada congregación debe plantearse no es: “¿Quién se sentirá cómodo entre nosotros?”, sino: “¿A quién ha recibido el Padre en Cristo, bajo el Nuevo Pacto, y cómo podemos hacer visible esa bienvenida en nuestra vida comunitaria?”.

La respuesta concreta tomará formas distintas según el contexto: la familia que abre su casa al hermano en Cristo que llega a estudiar en la universidad lejos de su hogar; la congregación que acompaña e integra al migrante —con mayor razón si es hermano en la fe— durante sus primeros meses de desorientación; la comunidad que no abandona al creyente que atraviesa la enfermedad, la pérdida o el fracaso económico; aquellos que hacen lugar en la mesa para quien está de duelo, aunque su presencia haga la comida menos alegre; los que reciben al que vuelve a Cristo después de una vida marcada por el pecado, sin convertir su pasado en el tema permanente de la relación, sino permitiendo que la historia dominante sea la del Redentor que lo ha amado, recibido y restaurado.

En cada uno de estos gestos, la comunión interna del Nuevo Pacto encuentra una forma exterior, visible y habitable.

La hospitalidad también confronta la tendencia de la vida eclesial a concentrar la comunión en los momentos formales del culto. La Cena del Señor se celebra el domingo; pero la mesa del hogar está disponible durante el resto de la semana, y también ella, en cierto sentido, participa de la realidad de la Mesa del Señor.

Pablo recuerda a los corintios que tienen casas donde comer (1 Co 11:22), y esa observación no funciona únicamente como reproche, sino también como apertura: la vida compartida entre creyentes no necesita esperar al culto público para hacerse visible.

La casa abierta, la comida compartida y la presencia sostenida en la vida cotidiana del otro son formas concretas de esa comunión que el culto proclama y que la vida diaria está llamada a practicar.


IV. La mesa como resistencia: el orden que el mundo no puede producir

En un mundo que conoce bien la división —que sabe clasificar, separar, sospechar, jerarquizar y descartar— una comunidad que hace visible la comunión del Nuevo Pacto es una señal contracultural que no necesita anunciarse a sí misma. Se anuncia sola.

Las mesas del mundo están marcadas por el poder. Quién se sienta al centro y quién en el margen. Quién habla y quién escucha. Quién sirve sin ser visto y quién es servido sin agradecer. Quién pertenece naturalmente y quién es tolerado. Esas jerarquías son tan antiguas como la humanidad y tan ubicuas que se vuelven invisibles: simplemente parecen "cómo son las cosas".

Cristo subvirtió esa lógica en la última cena de una manera que Juan registra con detención notable: el que era el Señor y el Maestro se levantó, se ciñó una toalla y lavó los pies de sus discípulos (Juan 13:3–5). Juan especifica que Jesús hizo esto "sabiendo que el Padre le había dado todas las cosas en las manos, y que había salido de Dios, y a Dios iba" (13:3). No desde el vaciamiento de su autoridad, sino desde la plenitud de ella. El que tenía todo el poder fue exactamente quien sirvió.

Eso no es una inversión accidental de protocolo; es la revelación del orden que gobierna la mesa del Nuevo Pacto.

Y luego explicó lo que acababa de hacer: "Si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros" (13:14). El signo tenía una consecuencia comunitaria directa. La mesa donde Cristo sirve produce discípulos que sirven. La comunidad que aprendió a recibir servicio de quien menos debía darlo aprende también a ofrecerlo a quien menos lo espera.

Esta inversión del orden del poder no es simplemente un programa ético de buen trato mutuo. Es una señal del Reino inaugurado por la sangre del Nuevo Pacto: el orden que gobierna la creación renovada, donde el primero llega a ser el último y el mayor se hace siervo. Cada vez que la iglesia vive ese orden de manera visible, anuncia una realidad que el mundo todavía no puede ver plenamente, pero que ya está ocurriendo en Cristo.

Cuando la Mesa del Señor es comprendida y asumida en toda su profundidad, la iglesia hace visible la comunión que ya existe en Cristo. Allí, el orden del Reino inaugurado por la sangre del Nuevo Pacto se expresa de manera concreta en la vida compartida de los hermanos.

La iglesia recibe porque el Padre ya nos ha recibido en Cristo. Por eso, aquel que ante nuestros ojos parece extraño, último o desechable, no puede ser tratado como intruso en la comunión del pacto. Si el Padre lo ha acogido en el Hijo, la comunidad no tiene derecho a mantenerlo en los márgenes; está llamada a hacer visible, en su vida compartida, la bienvenida que Dios ya le ha concedido.

La Mesa pertenece a Cristo, y cada uno de los suyos ha sido recibido por él bajo su exclusiva potestad. La Cena no crea esa comunión; la representa visiblemente cuando la iglesia parte el pan y comparte la copa.

Por eso, esa representación exige decisiones concretas. La congregación debe revisar cuándo ha tratado a algunos hermanos como si no estuvieran sentados a la Mesa del Señor: al hermano difícil, al pobre invisible, al que regresó cargando vergüenza, al que no encaja en sus expectativas, e incluso al migrante indocumentado que también ha sido recibido por Cristo.

Debe reconocer cuándo ha reproducido las jerarquías del mundo en lugar de demolerlas, y pedir perdón cuando la bienvenida proclamada en la Cena fue negada en la práctica.

La iglesia no puede apropiarse de una Mesa que no le pertenece. Solo puede hacer visible una bienvenida que primero recibió por gracia. Lo que no puede hacer es celebrar la comunión del Señor mientras trata a sus hermanos como si Cristo no los hubiera recibido.


V. Entre la mesa recibida y la mesa consumada

La Cena del Señor existe en un espacio que el Nuevo Testamento describe con precisión: "la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga" (1 Corintios 11:26). Ese "hasta que" define la posición de la iglesia en la historia. No celebra algo del pasado solo; proclama una realidad presente y anticipa una consumación futura.

El creyente, desde su conversión, ya fue sentado, por el Espíritu, a la Mesa del Señor. Esa es la realidad interna del Nuevo Pacto, permanente y ya concedida. La Cena proclama esa realidad externamente. La vida comunitaria de la iglesia la hace habitable y visible en la historia ordinaria. Y el banquete de las bodas del Cordero será la consumación de lo que el Nuevo Pacto ha establecido: la comunidad de todos los recibidos, sin mezcla de pecado, cansancio ni despedida.

La iglesia ya tiene acceso a la Mesa del Señor y, en ella, participa desde ahora del banquete que todavía espera su consumación. No come de una realidad distinta, sino del anticipo verdadero de la fiesta venidera. La Mesa ya está abierta en Cristo; el banquete aún viene en plenitud.

Eso le da una posición particular: puede celebrar sin fingir que todo está consumado; puede perseverar sin pretender que ya llegó al destino. La Cena practica exactamente esa tensión: proclama que la muerte de Cristo fue real y eficaz, que el acceso está abierto y que el Señor vive —y al mismo tiempo declara que todavía se espera su venida, que la consumación no ha llegado, que la mesa actual es anticipo y no plenitud.

Esa tensión es fecunda. En la Mesa del Señor, la reconciliación ya está hecha: allí no somos llamados a fabricar una unidad que no existe, sino a reconocer la unidad que Cristo ya consumó. En esa Mesa, los suyos han sido recibidos, reconciliados y hechos uno por y para él.

Pero las mesas visibles de las iglesias no siempre reflejan esa realidad. Allí todavía puede haber heridas abiertas, hermanos que no han aprendido a lavarse los pies unos a otros, prejuicios no confesados y reconciliaciones pendientes en la práctica comunitaria. Esa distancia no niega la Mesa del Señor; más bien confronta a la iglesia con la comunión que dice anunciar.

Por eso, cuando la iglesia parte el pan en medio del dolor, proclama que la muerte no tendrá la última palabra. Cuando recibe al arrepentido, proclama que la vergüenza tampoco la tendrá. Y cuando reúne a pueblos distintos, proclama que la división ya fue vencida en Cristo, aunque sus efectos todavía deban ser desmantelados entre nosotros.

Y cuando todo eso falla —cuando la Cena se celebra sobre una fractura no reconciliada, cuando el pan se parte entre hermanos que todavía no se han perdonado— el signo mismo acusa y confronta. No permite la comodidad de la incoherencia. La mesa que proclama la paz hecha por Cristo no puede coexistir indefinidamente con la paz no practicada entre sus comensales. El signo exige la realidad que anuncia.


Conclusión: todavía hay lugar

Una de las frases más evangélicas que una comunidad puede encarnar es esta: hay lugar.

No porque la iglesia sea generosa por naturaleza. Porque Cristo hizo lugar para nosotros antes de que pudiéramos pedirlo. Nadie se sentó a esa mesa habiendo merecido la invitación. La bienvenida no fue proporcional a los méritos; fue gratuita, total, sin condiciones previas. Eso es lo que la iglesia administra —no su propia bienvenida, sino la del que la recibió primero.

La congregación que lo olvida se endurece. Administra la mesa como propiedad, protege la comodidad del grupo, usa la comunión como instrumento de pertenencia selectiva. La que lo recuerda puede convertirse en señal: no porque sus reuniones sean perfectas, sino porque en ella se hace visible, aunque sea imperfectamente, la comunión que el Nuevo Pacto estableció.

Mientras esperamos la cena de las bodas del Cordero, seguimos haciendo visible la mesa a la que ya fuimos sentados por gracia. Con gratitud, con reverencia, con esperanza, con la honestidad de 1 Corintios 11 que no permite separar lo que se celebra en la Cena de cómo se trata al hermano el resto de la semana.

La paz ya fue hecha. El pacto ya fue inaugurado. El Cordero reina.

Todavía hay lugar.


Preguntas para la reflexión

La corrección de Pablo en 1 Corintios 11 señala que la incoherencia entre la Cena y el trato al hermano pobre era "no discernir el cuerpo del Señor". ¿Hay formas en que tu comunidad reproduce jerarquías sociales dentro de la vida eclesial que contradicen lo que proclama en la Cena?

¿Quiénes han sido recibidos por Cristo en tu entorno y todavía no han encontrado espacio visible en tu comunidad? ¿Qué tendría que cambiar para que la bienvenida del pacto se haga concreta en ellos?

La hospitalidad de Lucas 14 invita a los que no pueden devolver la invitación. ¿A quién estás invitando actualmente que no pueda darte nada a cambio? ¿Qué revelaría tu lista de invitados sobre qué tipo de mesa estás administrando?

Juan 13 muestra a Cristo sirviendo desde la plenitud de su autoridad, no desde su vaciamiento. ¿Cómo cambia eso tu comprensión del servicio en la comunidad? ¿En qué área específica necesitas tomar la toalla?

La Cena proclama la muerte de Cristo "hasta que él venga". ¿Cómo afecta esa tensión —entre lo ya recibido y lo todavía esperado— la manera en que celebras la Cena y la manera en que vives la semana que sigue?



[1] El Nuevo Pacto crea la relación; la koinōnia es la experiencia y participación en esa relación.

[2] Gerd Theissen, Estudios de sociología del cristianismo primitivo (Salamanca: Sígueme, 1985). Cita exacta (página 271):

«El conflicto de Corinto fue provocado por el hecho de que algunos miembros de la comunidad introdujeron en la cena comunitaria cristiana las costumbres usuales en los banquetes helenistas de la época. Para ellos, era del todo evidente el derecho a disponer de sus propias provisiones según su personal criterio y a comerlas antes de que llegaran los demás».

FEE, Gordon D. Primera epístola a los Corintios: texto de la versión Reina-Valera, revisión 1960. Buenos Aires / Grand Rapids: Nueva Creación / Wm. B. Eerdmans Publishing Co., 1994, pp. 605-612.

«Dado que las asambleas debían realizarse por la noche, los miembros de la iglesia que eran esclavos, jornaleros o artesanos tenían obligaciones laborales que cumplir antes de poder asistir. Cuando por fin lograban llegar, los miembros ricos, que disponían de más tiempo libre, ya se habían adelantado, se habían comido las mejores porciones y algunos hasta se habían emborrachado, dejando a los que llegaban tarde con las manos vacías o con porciones insignificantes».

Fee concluye en la página 611 explicando el versículo 22 ("¿o menospreciáis la iglesia de Dios, y avergonzáis a los que no tienen nada?") señalando que esta acción avergonzaba públicamente a los desposeídos, recordándoles su bajo estatus social en un lugar que se suponía que debía abolir esas diferencias.

 

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