El sistema levítico como cuerpo orgánico:



El sistema levítico como cuerpo orgánico: una contribución necesaria a la teología bíblica

​Introducción

​Una de las grandes necesidades de la teología bíblica contemporánea es volver a leer Levítico no como un depósito de rituales aislados, ni como una simple colección de figuras anticipatorias de la obra de Cristo, sino como un sistema vivo. El libro de Levítico no nos entrega piezas sueltas. Nos entrega una arquitectura. No describe ceremonias dispersas. Describe un mundo cultual ordenado por Dios para sostener el encuentro entre el Dios santo y su pueblo pactual.

​Esta observación es decisiva. Cuando el sistema levítico se lee solo de manera analítica, cada ofrenda puede ser estudiada con precisión técnica y, aun así, perder su función dentro del conjunto. Cuando se lee únicamente desde categorías dogmáticas posteriores, el sistema puede ser reducido a una ilustración de conceptos ya formados de antemano. Y cuando se lee solo desde la antropología comparada o la historia de las religiones, puede ser descrito con riqueza cultural, pero sin reconstruir su lógica teológica interna.

​La propuesta que aquí desarrollo parte de otra convicción: el sistema levítico debe ser leído desde adentro, como un cuerpo orgánico, con sus propias categorías, su propia lógica pactal, su propio centro de gravedad y su propio movimiento hacia el cumplimiento cristológico. Ese centro de gravedad es el encuentro gozoso entre el Dios santo y su pueblo. Levítico no existe para administrar una maquinaria jurídica abstracta, sino para sostener la comunión entre el Adorado y el adorador. Su lógica no es primariamente penal, sino cultual, relacional y pactual.

​Desde esta perspectiva, la pregunta cambia. Ya no se trata solamente de preguntar qué significa cada ofrenda por separado, sino cómo cada componente del sistema existe en relación con los demás. ¿Cómo se relacionan pacto, santuario, sacerdocio, altar, sangre, fuego, ofrendas y pueblo? ¿Cómo se sostiene el Lugar de Encuentro? ¿Cómo se restaura lo profanado? ¿Cómo se mantiene limpia la casa donde Dios habita en medio de Israel? ¿Cómo puede el adorador acercarse con gozo a la presencia del Señor?

​Responder estas preguntas exige pasar de la anatomía a la fisiología. Muchos estudios han descrito los órganos. Lo que hace falta es describir cómo vive el organismo.

​1. El problema estructural de la literatura académica

​Estas obras son indispensables y este estudio no existiría sin ellas. Precisamente por eso vale la pena identificar con claridad lo que todavía queda por hacer. La literatura académica en inglés ha hecho contribuciones inmensas al estudio de Levítico, el sacrificio, la expiación, la justicia de Dios, la presencia divina, la eucaristía y la cristología. Sin embargo, esas contribuciones suelen ser parciales o sectoriales. El problema no es la falta de erudición. El problema es la falta de integración orgánica.

​Jacob Milgrom representa uno de los logros exegéticos más importantes en el estudio moderno de Levítico. Su comentario en tres volúmenes sobre Levítico 1–16, 17–22 y 23–27 ofrece un análisis lexicográfico, ritual, antropológico y textual de una amplitud extraordinaria. Pocos autores han trabajado con tanta precisión la Ḥaṭṭāʾt, la ʾĀšām, la ʿOlah, la pureza ritual y la lógica sacerdotal del texto bíblico. Su obra es indispensable. Pero su fortaleza también revela su límite. Milgrom procede, en gran medida, de manera analítica. Estudia las unidades, las normas, los términos, los procedimientos y los problemas textuales con un rigor excepcional, pero no construye el sistema levítico como un cuerpo orgánico único donde cada componente vive en función del todo. Su comentario es enciclopédico precisamente porque acumula análisis de enorme valor, pero no sintetiza el sistema como una arquitectura viva.

​N. T. Wright, por su parte, ha contribuido poderosamente a la recuperación de la justicia de Dios como fidelidad pactual, especialmente en su lectura de Pablo. Su reconstrucción de la dikaiosynē theou como fidelidad de Dios a sus promesas y a su pacto ha abierto caminos importantes para la teología paulina. Sin embargo, Wright trabaja principalmente desde el Nuevo Testamento hacia el Antiguo. Su punto de partida es Pablo, no Levítico. El sistema levítico aparece como trasfondo, como matriz simbólica o como parte del gran relato de Israel, pero no como cuerpo cultual reconstruido desde sus propias categorías internas.

​Scot McKnight ofrece una teología de la expiación amplia, pastoral y plural. Su insistencia en que la obra de Cristo no debe encerrarse en una sola imagen tiene valor correctivo frente a reduccionismos. Sin embargo, precisamente allí aparece su limitación estructural. McKnight yuxtapone metáforas. Celebra la pluralidad de imágenes expiatorias, pero no reconstruye la unidad orgánica del sistema que podría ordenar esas imágenes desde adentro. Para él, la diversidad debe ser sostenida como diversidad. La pregunta que queda abierta es si esa diversidad descansa sobre una arquitectura más profunda.

​John Goldingay lee el Antiguo Testamento con sensibilidad narrativa, literaria y teológica. Su proyecto de teología del Antiguo Testamento evita reducir la Biblia hebrea a un mero antecedente del Nuevo Testamento. Sin embargo, su propósito es más amplio que Levítico. El sistema levítico aparece dentro del relato, la fe y la vida de Israel, pero no ocupa el centro como sistema cultual total. Goldingay no pretende reconstruir Levítico como organismo.

​Brant Pitre desarrolla con profundidad la relación entre Jesús, la Pascua, el Éxodo, la Última Cena y la Eucaristía. Su trabajo es especially útil para pensar la Mesa del Señor en continuidad con las expectativas judías y con el trasfondo bíblico de la comida sagrada. Sin embargo, su proyecto es temáticamente delimitado. Trabaja la Pascua, el maná, el pan de la presencia y la Última Cena, pero no reconstruye el sistema levítico completo como arquitectura de adoración.

​Crispin Fletcher-Louis, en otro registro, ha trabajado con originalidad la gloria, la imagen divina, la antropología litúrgica, el sacerdocio, Adán y la cristología temprana. Su obra muestra la importancia de la vocación humana, la gloria y la participación cultual en la comprensión de Cristo y de la humanidad. Sin embargo, su proyecto tampoco consiste en reconstruir el sistema levítico como cuerpo orgánico. Su interés se concentra más en la antropología litúrgica, la gloria adamítica y la cristología que en la fisiología completa del sistema levítico.

​A estos nombres deben añadirse dos autores que se acercan más al tipo de lectura que aquí propongo. Frank H. Gorman, especialmente en The Ideology of Ritual y Divine Presence and Community, presta atención a la presencia divina, al espacio, al tiempo, al estatus y a la comunidad dentro de la teología sacerdotal. Su trabajo reconoce que el ritual no es un mero formalismo, sino una forma de pensamiento teológico. En ese sentido, Gorman se aproxima más que muchos otros a una lectura sistémica de Levítico. Pero su marco sigue siendo principalmente descriptivo y no desarrolla el cumplimiento cristológico del sistema como cuerpo orgánico.

​Mary Douglas, en Leviticus as Literature, hizo una contribución metodológicamente audaz al leer Levítico como una obra literaria coherente, resistiendo la fragmentación histórico-crítica. Su propuesta de que la estructura de Levítico refleja, de algún modo, la estructura del tabernáculo, es profundamente sugerente. Douglas ayuda a ver que Levítico no es un amontonamiento desordenado de leyes, sino una composición con lógica interna. Sin embargo, Douglas trabaja como antropóloga. Su lectura no se orienta hacia una teología cristológica del cumplimiento, ni hacia una integración eclesiológica de la vida de la iglesia como pueblo del santuario.

​También debe mencionarse el trabajo de Jay Sklar, especialmente su estudio Sin, Impurity, Sacrifice, Atonement: The Priestly Conceptions, que ofrece el análisis más completo y equilibrado disponible sobre kāpar en relación con pecado, impureza y sacrificio. Sklar muestra con precisión lexicográfica que la semántica primaria del término no es transferencia penal sino cobertura, limpieza y restauración del acceso. Su trabajo es indispensable para cualquier lectura del sistema levítico que quiera tratar la cuestión del kipper con rigor.

​A este panorama debe sumarse el giro cualitativo que representa el trabajo de L. Michael Morales, particularmente en Who Shall Ascend the Mountain of the Lord?, donde el movimiento levítico se decodifica no como una mera mecánica de purificación exangüe, sino como la gran narrativa del acceso humano a la morada divina. Morales rescata la arquitectura del tabernáculo como el mapa cósmico que regula la aproximación al santuario, transformando la exégesis de Levítico en una teología de la presencia y el encuentro pactual. Su enfoque ofrece el puente perfecto para transitar de la descripción formal de las instituciones de Israel a su consumación definitiva en la geografía celestial del ministerio de Cristo, complementando con precisión la lectura orgánica que aquí se edifica.

​El resultado es claro: la literatura ofrece análisis técnico, reconstrucción histórica, sensibilidad literaria, teología paulina, antropología ritual, teología eucarística y cristología de la gloria. Pero todavía queda una laguna: reconstruir el sistema levítico como un cuerpo orgánico en sus propios términos pactales y cultuales, ordenado alrededor del encuentro gozoso entre Dios y su pueblo, y desplegado hacia el cumplimiento cristológico a lo largo del arco completo del ministerio de Cristo.

​2. Anatomía y fisiología: leer Levítico como organismo

​La diferencia entre estudiar órganos y describir un organismo vivo es fundamental. La anatomía identifica partes. La fisiología describe cómo esas partes funcionan juntas para sostener la vida. En el estudio de Levítico, hemos tenido mucha anatomía. Necesitamos más fisiología.

​Leer Levítico fisiológicamente significa reconocer que ningún componente existe en aislamiento. El tabernáculo no existe sin el sacerdocio. El sacerdocio no existe sin las ofrendas. Las ofrendas no existen sin el altar. El altar no existe sin el fuego. El fuego no existe sin la sangre. La sangre no existe sin el animal. El animal no existe sin el oferente. El oferente no existe sin el pacto. Y el pacto no existe sin la redención previa de Dios.

​Todo está articulado. Todo pertenece a un sistema. Todo sirve a una finalidad mayor.

​Esa finalidad no es, en primer lugar, resolver un problema jurídico abstracto. La finalidad es que Dios habite en medio de su pueblo y que su pueblo pueda acercarse a Él. El sistema levítico administra la posibilidad del encuentro. Protege el Lugar de Encuentro. Mantiene limpio el espacio cultual. Ordena el acceso. Forma a la comunidad. Sostiene la relación. Guarda la vida del pueblo dentro de la presencia del Dios santo.

​Por eso, el principio organizador del sistema no puede ser simplemente “expiación” entendida en términos genéricos. Tampoco puede ser “sacrificio” como categoría indiferenciada. El principio organizador es el encuentro gozoso entre el Dios santo y su pueblo pactual. La sangre, el altar, el fuego, el sacerdote, las ofrendas y el santuario existen para que ese encuentro sea posible, sostenido, restaurado y celebrado.

​Sin ese centro, Levítico se convierte en una colección de procedimientos. Con ese centro, Levítico aparece como una arquitectura de adoración.

​3. Las ofrendas dentro del sistema

​Leer las ofrendas dentro del sistema permite distinguirlas sin separarlas. Cada una tiene una función específica, pero ninguna funciona por sí sola. Cada ofrenda responde a una necesidad particular dentro del organismo cultual.

​La Ḥaṭṭāʾt no es simplemente la ofrenda que purifica en abstracto. Es la ofrenda que purifica dentro de un sistema donde existe un Lugar de Encuentro que puede ser afectado por la impureza y por el pecado. La Ḥaṭṭāʾt presupone un santuario, un sacerdote, una sangre aplicada ritualmente y una comunidad que necesita que el espacio de la presencia permanezca limpio. Su función no se entiende plenamente si se la separa del santuario. Purifica porque hay un lugar que debe permanecer habitable para la presencia de Dios y accesible para su pueblo.

​La ʾĀšām tampoco debe reducirse a una categoría general de culpa ni confundirse con una idea abstracta de castigo. Su lógica es restitutiva. Trata faltas reparables dentro del pacto. Donde algo ha sido retenido, defraudado, usado indebidamente o profanado, debe ser devuelto. Pero la ʾĀšām muestra que la restitución no queda en el plano horizontal. La reparación es llevada al santuario. La falta es tratada delante de Jehová mediante mediación sacerdotal. Lo santo que ha sido afectado debe ser reconsagrado. Lo que pertenece a Dios debe volver a su legítimo dueño.

​La ʿOlah, por su parte, no debe ser leída principalmente como una ofrenda de destrucción, sino como una ofrenda de ascenso, entrega y aceptación. Su movimiento es hacia arriba. Su lógica presupone altar, fuego y aroma grato. Dentro del sistema, la ʿOlah expresa la vida ofrecida a Dios y recibida por Él. No es el primer acercamiento cronológico de alguien que está fuera del pacto, sino el ideal cultual de un pueblo que ya ha sido redimido y que se acerca dentro del sistema establecido por gracia.

​El Šelamim ocupa otro lugar. No debe ser usado como descriptor de la Ḥaṭṭāʾt, de la ʾĀšām ni de la ʿOlah. Es una categoría propia: sacrificio de paz, comunión y mesa. Aquí el sacrificio se vincula con lo que se come. La comida no es un apéndice del rito; pertenece a su significado. En el Šelamim se expresa la comunión pactal, el gozo compartido, la mesa donde Dios y su pueblo celebran la paz de la relación.

​Estas distinciones son necesarias porque el sistema no funciona cuando sus categorías se mezclan. Cada ofrenda tiene una tarea. Pero cada tarea solo se entiende dentro del todo.

​4. El cumplimiento cristológico como despliegue orgánico

​Si el sistema levítico es un cuerpo orgánico, entonces el cumplimiento cristológico no debe imponerse desde afuera. Cristo no viene simplemente a reemplazar un sistema viejo con una realidad nueva desconectada de su lógica interna. Cristo es la realidad hacia la cual el sistema apuntaba desde adentro.

​Esto exige una cristología distribuida a lo largo del arco completo del ministerio de Cristo. No todo se cumple en el mismo momento ni de la misma manera. La encarnación, la muerte, la resurrección, la ascensión, la presentación sacerdotal celestial, la entronización y la vida continua de Cristo ante el Padre no son detalles secundarios. Cada momento corresponde a dimensiones distintas del sistema.

​Cristo es el verdadero Lugar de Encuentro porque en Él Dios se revela, se acerca y habita con su pueblo. Cristo es el verdadero sacerdote porque, resucitado según el poder de una vida indestructible, vive siempre para sostener nuestro acceso a Dios. Cristo es el Pacto y el inaugurante del Nuevo Pacto por su sangre derramada. Cristo purifica el verdadero santuario y limpia nuestras conciencias para servir al Dios vivo. Cristo se presenta delante del Padre como la humanidad restituida, la primicia representativa de muchos hijos llevados a la gloria. Cristo es también el Señor de la verdadera Mesa, donde la comunión interna del creyente con Él se expresa visiblemente en la Cena del Señor.

​Desde esta perspectiva, no es correcto concentrar todo el cumplimiento levítico exclusivamente en la cruz. La cruz es central porque allí se derrama la sangre por la cual el Nuevo Pacto es cortado y, por ende, inaugurado. Pero la cruz no agota la obra de Cristo. La resurrección no es simplemente la vindicación de algo ya terminado; es el momento en que Cristo, por su vida indestructible, llega a ser nuestro sumo sacerdote celestial. La ascensión no es un epílogo narrativo; es el ascenso del Hijo resucitado ante el Padre. La sesión celestial no es un estado pasivo; es la presencia viva del Sumo Sacerdote que sostiene el acceso de su pueblo.

​Esto permite leer la ʿOlah de manera más coherente. Si su lógica interna es ascenso, aceptación y aroma grato ante Dios, entonces su cumplimiento no puede reducirse al descenso de Cristo al sufrimiento. La ʿOlah encuentra su plenitud en el Cristo resucitado que asciende y es recibido por el Padre. Del mismo modo, la ʾĀšām no debe colocarse simplemente en la cruz como si allí concluyera su significado. La lógica propia de la ʾĀšām alcanza su consumación en Cristo vivo ante el trono, presentándose como la humanidad restituida a Dios.

​La Ḥaṭṭāʾt, a su vez, encuentra su plenitud en el ministerio celestial de Cristo, donde la conciencia es purificada y el verdadero Lugar de Encuentro es abierto para el servicio al Dios vivo. La remisión de pecados pertenece a la promesa del Nuevo Pacto inaugurado por la sangre de Cristo; pero la lógica cultual de la purificación se despliega en la presentación sacerdotal del Cristo resucitado y ascendido.

​Este modo de leer no fragmenta la obra de Cristo. La articula. Cada momento pertenece al único movimiento redentor de Dios, pero cada momento cumple una función distinta dentro del organismo.

​5. La laguna en la tradición teológica

​La ausencia de esta lectura orgánica no es accidental. Tiene raíces históricas y metodológicas. Esta observación no es una ruptura con la tradición evangélica, sino una corrección que nace de la misma fidelidad al texto bíblico que la tradición siempre ha profesado.

​La tradición evangélica conservadora, en muchos casos, ha leído Levítico desde la teología sistemática hacia el texto. Llega al sistema levítico con una categoría ya formada —frecuentemente la expiación penal sustitutoria— y luego interpreta las ofrendas como anticipaciones de esa categoría. El problema no es que busque una lectura cristológica. El problema es que la lectura cristológica se impone antes de escuchar la lógica propia del sistema. Levítico queda reducido a ilustración.

​La tradición crítico-histórica ha procedido de otro modo, pero con un defecto estructural semejante. Lee Levítico desde la historia de las religiones, la antropología cultural, la crítica de fuentes o la comparación con el antiguo Cercano Oriente. El resultado puede ser exegéticamente rico y culturalmente informado, pero muchas veces queda teológicamente fragmentado. El sistema se describe, se compara y se analiza, pero no se reconstruye como organismo teológico.

​Ambas tradiciones, aunque muy distintas, tienden a no leer Levítico desde adentro como una totalidad pactual y cultual. Una lo absorbe dentro de categorías dogmáticas externas. La otra lo dispersa dentro de categorías descriptivas externas. Lo que hace falta es una lectura que escuche la lógica interna del sistema y luego la despliegue hacia Cristo sin violentarla.

​Eso implica leer Levítico en sus propios términos: pacto, presencia, santuario, sacerdocio, altar, sangre, fuego, ofrenda, comida, purificación, restitución, ascenso, comunión y gozo. Solo desde ahí se puede hablar de cumplimiento cristológico con precisión.

​6. La contribución de una lectura orgánica

​La contribución de esta perspectiva consiste en integrar dimensiones que con frecuencia han permanecido separadas.

​Primero, integra la exégesis levítica con una visión sistémica. No basta con definir correctamente cada ofrenda. Hay que mostrar cómo cada una sirve a la vida del sistema.

​Segundo, integra la teología del pacto con la teología del santuario. El pacto no es una abstracción jurídica. Tiene un lugar, una mesa, un sacerdocio, un fuego, una sangre y una comunidad.

​Tercero, integra la cristología con el arco completo del ministerio de Cristo. La muerte de Cristo inaugura el Nuevo Pacto por su sangre; la resurrección lo constituye como sacerdote según el poder de una vida indestructible; la ascensión lo presenta ante el Padre; su ministerio celestial sostiene el acceso; su Mesa manifiesta la comunión ya dada.

​Cuarto, integra la lectura de la LXX y del campo cultual con una teología de la fidelidad relacional de Dios. La justicia de Dios no debe reducirse a una justicia retributiva que exige satisfacción penal, sino entenderse como fidelidad pactual, misericordia, verdad, salvación y gozo. El Dios justo es el Dios fiel a la relación que Él mismo estableció. Esta lectura encuentra apoyo directo en el uso de hilasmos en el Salmo 130:4 LXX, donde el hilasmos está en Dios y proviene de Dios, y en el uso de hilastērion en Éxodo 25:21–22 LXX, donde el propiciatorio es el lugar donde Dios se da a conocer y habla con su pueblo.

​Quinto, integra la obra de Cristo con la vida de la iglesia. Si Cristo es el verdadero sacerdote, el verdadero Lugar de Encuentro y el Señor de la Mesa, entonces la iglesia no es una comunidad que administra una mesa propia, sino el pueblo recibido por Cristo a la Mesa del Señor. La Cena del Señor no crea la comunión; la manifiesta. Desde la conversión, el creyente ya participa de la realidad interna de esa Mesa. La práctica visible anuncia y expresa lo que Cristo ya ha concedido.

​Sexto, integra adoración y vida. El sistema levítico no termina en el rito como rito. Forma un pueblo para vivir delante de Dios. Del mismo modo, la iglesia, como pueblo del santuario, vive desde la realidad celestial de Cristo y la plasma en la vida cotidiana: en la comunión, en la fidelidad, en la limpieza diaria, en la restitución, en el sufrimiento injusto y en la esperanza del gozo puesto delante.

​Conclusión

​Leer Levítico como cuerpo orgánico no es un ejercicio secundario. Es una necesidad teológica. Mientras Levítico sea leído como una colección de rituales aislados, su relación con Cristo seguirá siendo parcial. Mientras sea leído desde categorías impuestas desde afuera, su voz interna quedará silenciada. Mientras sea tratado solo como material histórico o antropológico, su arquitectura de adoración permanecerá incompleta.

​El sistema levítico debe ser recuperado como una totalidad viva. Su centro es el encuentro gozoso entre el Dios santo y su pueblo pactual. Sus componentes existen coordinadamente para sostener ese encuentro. Sus ofrendas tienen funciones distintas dentro del organismo. Su santuario es el Lugar de Encuentro. Su sacerdocio administra el acceso. Su altar recibe lo que asciende a Dios. Su sangre inaugura, purifica y sostiene la vida cultual según la función que cumple en cada contexto. Su mesa celebra la comunión.

​Y todo ese sistema apunta hacia Cristo, no de manera superficial, sino orgánica. Cristo no es una aplicación externa de Levítico. Cristo es la realidad hacia la cual Levítico se dirigía. En Él, el Lugar de Encuentro, el sacerdocio, la purificación, la restitución, el ascenso, el pacto y la Mesa encuentran su verdad.

​Esta perspectiva llena una laguna real en la literatura teológica. No porque ignore a quienes han trabajado antes, sino precisamente porque conversa con ellos y reconoce tanto sus aportes como sus límites. Hay exégesis técnica. Hay antropología ritual. Hay teología paulina. Hay teología eucarística. Hay cristología de la gloria. Hay lectura literaria de Levítico. Pero todavía hace falta una reconstrucción del sistema levítico como organismo pactual y cultual, desplegado hacia Cristo y aplicado a la vida de la iglesia.

​Esa reconstrucción no es una curiosidad académica. Es una contribución necesaria para que la iglesia vuelva a leer Levítico como lo que es: una arquitectura de adoración diseñada por gracia, un sistema vivo ordenado al encuentro con Dios, y una sombra gloriosa de la realidad plena que ha llegado en Cristo. Que esa realidad forme nuestra adoración, ordene nuestra vida comunitaria y renueve nuestra comprensión de la Mesa que el Señor ha abierto para su pueblo.

​Bibliografía selecta

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